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CRÓNICA NEGRA

Yo, Cuco, te imploro por caridad...

La Justicia se pone de rodillas. El abogado de la acusación particular, que es un tipo educado, le dice: Señor Cuco, por favor, es decir, si no le es molestia, sin afán de molestar, oiga, que aquí estamos para lo que nos quieran mandar, con los debidos respetos, por favor, ¿sería usted tan amable de decirnos dónde está el cuerpo de Marta del Castillo. La Justicia y la sociedad toda se ponen a sus pies.


	La Justicia se pone de rodillas. El abogado de la acusación particular, que es un tipo educado, le dice: Señor Cuco, por favor, es decir, si no le es molestia, sin afán de molestar, oiga, que aquí estamos para lo que nos quieran mandar, con los debidos respetos, por favor, ¿sería usted tan amable de decirnos dónde está el cuerpo de Marta del Castillo. La Justicia y la sociedad toda se ponen a sus pies.

El Cuco ha crecido, aunque tampoco mucho. En demasiados sentidos sigue siendo un chico de barrio, algo estridente, con andares de marino mercante. Al Cuco, que tiene 18 años, se le respeta porque fue menor y porque es un hombre libre. Se le piden las cosas con la debida educación. Ha sido juzgado por la desaparición de su amiga Marta del Castillo, pero la legislación de menores, esa cosa floja y anticuada, que ha logrado atrincherar a todos los que sirven al delito, le ha puesto a salvo.

Lleva una melena rubia que parece de bote, aunque hay a quien le parecen extensiones llamadas a apartar a su rostro de la popularidad. Ya se siente demasiado vulnerable cuando le gritan feas palabras en la calle, palabras que ponen la piel de gallina. Como si sus vecinos no acabaran de creer en la ley ni en los juicios celebrados en porciones, como una pizza de encargo.

–Señor, Cuco, vamos a ver, si no le incomoda, ¿podría decirnos donde está Marta del Castillo, para que así puedan descansar los padres?

Cuco, ya mayor de edad, no se corta ni con un cristal. Habla con desparpajo. Como sus coleguitas. Podemos contemplar un careo entre dos gallos del mismo corral, Miguel y Samuel. Por sus palabras puede entenderse que Carcaño se sabe ahora el más tonto de todos, porque Samuel, por listo, está en la calle. A Miguel le va a caer el marrón y el caso es que no sabemos si se lo merece.

¿Quién de todos estos que se dicen amigos de Marta fue el mayor traidor? ¿De quién se hizo más enemiga? El Cuco la llamaba y quedaba con ella; Samuel era su amigo íntimo; Carcaño quiso ser su pareja. Todos parecían cercanos y amistosos, pero aquella noche todos la abandonaron a su suerte. ¿En qué lugar la abandonaron?

Da coraje ese hombre con toga, tan discreto y correcto, hablando con ese chico impertinente, condenado por encubrimiento, que aparece de visita en este juicio para mayores, como si no fuera con él, siendo el menor ya juzgado por lo mismo, exonerado, declarado inocente de los mayores cargos que le implicaban. Este chico de cara pálida y melena rubia rasposa que no debería estar aquí como testigo. Todo el mundo se da cuenta de que no cuela, de que no tiene sentido. Cuco pelopaja se aparta la melena con coquetería. "Si yo lo supiera, ya lo habría dicho. Pregúntenselo a Miguel, que ese sí lo sabe". Cuco, con su permiso, sin que sirva de molestia, usted perdone, ¿Miguel es su amigo o su enemigo?

La Justicia ciega y genuflexa implora con tal de lograr consuelo. Pero todo falla. El Cuco parece intocable. Incluso reverenciable. Es uno de los reinsertados, aleluya. Frente a él, como frente a Samuel, Miguel quizá se sabe tonto de bolera, tonto de remate, tonto boticorto, tonto de barrote, tonto de celda, tonto retonto. Carcaño pierde juventud a chorros mientras guarda el secreto del crimen.

Está enfrentado con su hermano y con sus amigos. Tal vez ya no haya salida: o dices donde está, o te lo vas a comer enterito. Ocurre que están cansados de hacerse el listo.

El tribunal siente la necesidad de saber la verdad. Todos los ciudadanos lo ven en el telenoticias. El abogado que habla parece el presidente del tribunal. Lleva toga como él y tiene un decir muy educado, muy cortés, con una punta de calor en la voz. Pero es un abogado. Obviamente, quiere que le hagan caso, que le obedezcan, aunque solo sea por evitar la desesperación. Señor Cuco, por favor, díganos...

Los miles de folios del sumario no encierran un solo dato concluyente, todo son especulaciones. Los años pasan sin que se encuentre a la niña. El duelo se ha adueñado de la vida de sus padres. El hombre de la toga siente un estremecimiento en el corazón. Tal vez ha llegado el momento de implorar. Quizá estos tipos sean sensibles y se derroten. Aunque ha pasado mucho tiempo y se han acostumbrado a los gritos y a los lloros, a la traición y la ausencia.

–¿Nos haría usted la merced, buen hombre?
–¡Anda qué tienes cara de bueno!
–¡Por caridad, díselo a tu fiscal!

El Cuco siente que ya no tiene nada que añadir. Ha dicho todo lo que tenía que decir y aquellos hombres de negro, aquellas togas suplicantes solo son el pasado de la Justicia: por fin se ha comprendido en la sala que había que intentarlo por las buenas, por si este hombre de bien se apartaba la melena y hacía la machada de decir lo que sabe. Pero no ha habido suerte. Menos mal que queda seguir implorando. Señor Carcaño, si no le molesta, ¿nos haría usted la caridad?

Sin herramientas, sin legislación adecuada, sin autoridad, sin respeto, la sociedad y la Justicia no tratan ya de hacer justicia, sino de devolver a los justos.

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