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CÓMO ESTÁ EL PATIO

Ratzinger y la doctrina social(ista) de la Iglesia

Benedicto XVI ("dieciseisavo", que diría Solana) nos ha recetado una encíclica que ha entusiasmado al sector progre de la Iglesia, tan nutrido como apenado desde que el Papa decidió hacer un par de gestos a favor de la Tradición.

Benedicto XVI ("dieciseisavo", que diría Solana) nos ha recetado una encíclica que ha entusiasmado al sector progre de la Iglesia, tan nutrido como apenado desde que el Papa decidió hacer un par de gestos a favor de la Tradición.
El motu proprio por el que liberó la misa tridentina (que nunca fue abrogada por la Iglesia, a pesar de que las autoridades postconciliares la prohibieran de facto) y la anulación del decreto de excomunión de los obispos nombrados por Lefebvre exigían un gesto en la dirección contraria, para que la barca de Pedro no zozobre, especialmente por babor, que es por donde suelen venir las tormentas teológicas desde hace medio siglo.

La encíclica Caritas in veritate, tercera que promulga, navega cuidadosamente entre dos aguas en materia social y económica, como es tradicional en la Iglesia, pero el actual pontífice introduce una serie de conceptos y utiliza unas categorías políticas que sus antecesores nunca se atrevieron a emplear. He ahí la principal novedad.

Ratzinger nos habla de una "humanidad en vías de unificación", de la "fraternidad universal" (sic); acusa a las multinacionales de no respetar los derechos de los trabajadores en los centros deslocalizados, critica la existencia de la propiedad intelectual en el campo sanitario, pide que los gobiernos intervengan más (¡más aún!) en la economía y las finanzas y, en fin, solicita que se reforme la ONU, pero no como paso previo a su disolución, que sería lo higiénico, sino para que tenga más poder del que ya tiene. Todo ello, claro, bajo la inspiración de los principios del humanismo cristiano, que, como es conocido, son los que informan la acción diaria de los gobiernos más progresistas (Zapatero es un ejemplo), y no digamos de la ONU, cuya asamblea general es casi un coro angélico de querubines preocupado por el desarrollo moral y humano de los pueblos de la Tierra.

La primera sospecha de que esta encíclica va por mal camino le asalta al lector ya al principio, cuando el Papa declara su veneración por la obra de Pablo VI y, especialmente, por su Populorum progressio, punto de partida de la Teología de la Liberación (a cuya exaltación contribuyó el mismo Papa asistiendo a la famosa conferencia de Medellín, en 1968), que tantos y tan excelentes frutos ha dado a la Iglesia de Cristo, como es sobradamente conocido.

Benedicto XVI no desconoce que el mercado es el único sistema de ordenación socioeconómica capaz de proporcionar desarrollo y bienestar, pero, al tiempo que constata esta evidencia, sugiere que el poder político debe intervenir y regular la economía mucho más de lo que ya lo hace para garantizar la "justicia redistributiva" y la "justicia social". A juicio del Papa (como de Zapatero, salvando la distancia sideral entre ambos intelectos), la escasez de controles estatales de la economía ha sido una de las causas principales de la actual crisis. Esperamos que en una próxima encíclica detalle en qué aspecto o sector de la economía los estados no ejercen un poder regulador absoluto, al menos para que los fieles católicos sepamos dónde podemos montar una empresa a resguardo de la coacción institucional de los políticos, información que, de paso, valdría su peso en oro.

En todo caso, la opinión del Papa de Roma en materias mundanas es como la de cualquier hijo de vecino, así que los católicos somos muy libres de seguir sus recomendaciones o no, en función de la propia conciencia. Entristece, no obstante, que muchas de las ideas expresadas en la encíclica puedan ser enarboladas por cualquier jovenzuelo antisistema con sólo quitarles el elemento trascendente que, necesariamente, el Sumo Pontífice utiliza en sus exhortaciones.

En cuanto a la "fraternidad universal", la humanidad en vías de unificación y la exigencia de un gobierno global, conceptos también exaltados en el texto, hay quien, seguro, se habrá hecho pipí en el mandil al leerlo.

Y es que el aggiornamiento de la curia vaticana es ya casi como el viaje al centro del partido de la derecha española: un proceso infinito.
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