![]() | Russell Amos Kirk parecía predestinado a convertirse en un paradigma del pensamiento conservador –en el sentido norteamericano del término– desde su nacimiento. Vio la primera luz el 19 de octubre de 1918 en Plymouth, en el seno de una familia escocesa de origen puritano.
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Durante los años siguientes, Kirk iría redactando una serie de obras que lo sitúan en una línea que en Europa se denomina liberal y en Estados Unidos, conservadora, y, más concretamente, en un sector en el que se defiende la libertad, se considera indispensable la aceptación de una serie de valores para conservarla y se apela a la enseñanza moral que deriva del mundo clásico y del cristianismo. Kirk –como Francis Schaeffer y otros autores– subrayó la enorme diferencia que existe entre la Revolución anglosajona, basada en los valores bíblicos de los puritanos, y la Revolución francesa, enemiga por definición del cristianismo; y además insistió en la importancia de la educación para garantizar un futuro de libertad a la sociedad. Fue precisamente esa circunstancia la que explica su sección From The Academy,que mantuvo en la National Review desde noviembre de 1955 a diciembre de 1980, y la que, más en el terreno personal, le llevó a intimar, primero, y casarse, después, con Annette Ivonne Cecile Courtemanche, una católica conservadora que, en 1981, sería designada miembro de la Comisión Nacional sobre Excelencia en la Educación por el presidente Ronald Reagan.
Kirk no era original –ni pretendía serlo–, pero sí constituyó un muy interesante paradigma que brilla con toda su luz en estas conferencias dictadas en la Heritage Foundation–que aún tiene un busto suyo a la entrada–, y que se publicaron como The Politics of Prudence (1993), o Redeeming the Time (1996), y no dejó en ningún momento de insistir en el valor de la educación para ser libre. Al respecto, hay que tener en cuenta que, aparte de los extremos ya señalados, en 1957 fundó el Modern Age –que se convertiría en una de las publicaciones periódicas más relevantes del conservadurismo cultural en Estados Unidos–, que en 1960 comenzó a dirigir The Educational Reviewer, que a él se debió también la fundación del The University Bookman y que desempeñó una notable labor como director de la colección The Library of Conservative Thought.1. El conservador cree en la existencia de un orden moral perdurable
De acuerdo con Kirk, los hombres y las naciones están gobernados por leyes morales, y esas leyes tienen su origen en una sabiduría que es más que humana. En realidad, parten de la justicia divina. Por supuesto, enunciados semejantes los hallamos en la Biblia y, posteriormente, en las concepciones iusnaturalistas cristianas. Sin embargo, Kirk los encontró también en el pensamiento griego de Esquilo, Sófocles o Eurípides o en los escritos de Cicerón o Marco Aurelio. Existe una ley moral, es superior a todas las culturas, anterior a todas las religiones y posee un origen divino. Cuando ese principio es obviado, incluso las mejores instituciones políticas se ven neutralizadas.
2. El conservador abraza las costumbres, las convenciones y la continuidad
Para Kirk, resulta estúpido tratar a una sociedad humana como una máquina que puede ser tratada mecánicamente. El orden, la justicia y la libertad se pueden ver alterados por la brusquedad de los cambios, y éstos –cuando sean necesarios– deben ser realizados de manera gradual y razonada. El pasado es, a fin de cuentas, una gran reserva de sabiduría. De ahí que, lejos de caer en una posición adanista que vea como meta el hacer todo nuevo, Kirk señala que el conservador aprende del pasado. Ese deseo de aprovechar la sabiduría nos permite absorber el legado del mundo clásico, de la Biblia y de cualquier fluir de la Historia que nos ayude a encauzar de sabia manera los desafíos presentes. Ésa es una de las razones de la importancia de la educación.
3. Los conservadores creen en lo que podríamos llamar el principio normativo
Señala Kirk que la norma es absolutamente indispensable para la convivencia. De hecho, nuestra misma moral es un código de normas. Esas normas vienen establecidas desde tiempo inmemorial, y deberíamos atender a ellas porque forman parte de una sabiduría de la especie que supera las individuales.
4. Los conservadores se guían por el principio de la prudencia
Como dejó señalado John Randolph de Roanoke, mientras que la Providencia avanza lentamente, el Diablo siempre vuela. Por eso, como indicaron personajes tan dispares como Platón o Burke, la mayor de las virtudes del estadista es la prudencia. En lugar de buscar los logros inmediatos y el aumento de popularidad, hay que reflexionar en profundidad antes de acometer cambios, porque una reforma súbita y agresiva es tan peligrosa como una intervención quirúrgica súbita y agresiva.
5. Los conservadores atienden al principio de la diversidad
Según Kirk, cualquier intento de uniformización es un ataque contra la libertad. De hecho, las únicas formas legítimas de igualdad son la igualdad ante el Juicio Final y ante los tribunales de justicia que obran de acuerdo con la ley. Cuando se producen otros intentos de nivelación obligatoria, el resultado es el estancamiento de la sociedad.
6. Los conservadores evitan los excesos, dado su apego al principio de la imperfectibilidad
Partiendo de la lectura puritana de la Biblia y de su reflexión de la Historia, Kirk señala que el ser humano no es perfecto y, por tanto, no se puede esperar la creación de un orden político perfecto. Por ello, "aspirar a la utopía es dirigirse hacia el desastre", y la razón es que "no hemos sido creados para la perfección". A lo sumo, podemos aspirar a vivir en sociedades tolerablemente organizadas, justas y libres, que siempre serán mejores que las de los impulsores de utopías. A decir verdad, éstos han convertido gran parte del siglo XX en un infierno en la tierra.
7. Los conservadores están convencidos de que la propiedad y la libertad están inseparablemente conectadas
Las grandes civilizaciones se han levantado sobre la base de la propiedad privada. Precisamente por eso, el nivelamiento económico no es lo mismo que el progreso económico, incluso puede que resulte incompatible con el mismo. De nuevo, se trata de un principio propio de los puritanos recogido por el liberalismo y por pensadores conservadores posteriores como Solzhenitsyn. La propiedad privada es condición indispensable para la libertad, y todo recorte de la propiedad privada implica un recorte de la libertad. De ahí que los intentos igualitarios propios del socialismo no equivalgan a progreso.
8. Los conservadores apoyan las comunidades voluntariamente consentidas, en la misma medida en que se oponen al colectivismo involuntario
Enraizado en una sociedad civil muy activa y vital como la norteamericana, Kirk era consciente de su necesidad. Las distintas iglesias, las asociaciones de voluntarios, las entidades locales resultan indispensables para que una sociedad sea saludable. En ese sentido, los conservadores no son egoístas que se encierran en sí mismos, sino altruistas dedicados a los demás... lo que es muy distinto de un colectivismo impuesto desde arriba en el que la voluntad de cada ciudadano es sustituida por los intereses de los políticos.
9. Los conservadores entienden que es necesario poner prudente freno al poder y las pasiones humanas
El poder está lleno de peligro, por lo tanto, el buen estado es aquel en el que el poder está controlado y equilibrado, frenado por constituciones y costumbres sensatas. Kirk se hace eco en este principio concreto de uno de los grandes aportes de la Reforma del siglo XVI al pensamiento político, aporte mantenido por los puritanos y consagrado en la Constitución de los Estados Unidos y –no lo olvidemos– negado por los revolucionarios franceses y rusos. El poder tiende por su naturaleza hacia la tiranía y por ello debe ser controlado, debe ser objeto de mecanismos de equilibrio y debe ser frenado. De lo contrario, se verá gravemente amenazada la libertad de la sociedad.
10. Los conservadores inteligentes comprenden que una sociedad vigorosa requiere el reconocimiento y conciliación de lo permanente y lo mutable
En contra de lo que se suele aducir, los conservadores no se oponen a las mejoras sociales. Pero saben que el Progreso puede erosionar peligrosamente la Permanencia de una sociedad. Por ello, cualquier reforma debe llevarse a cabo con prudencia y sensatez, sopesando juiciosamente las consecuencias. El cambio es esencial e irrenunciable para el cuerpo social, pero para que sea beneficioso resulta indispensable actuar de manera prudente y gradual.