Aunque aquí se acuñase el término, ser liberal en España siempre ha sido un dramón y una fuente inagotable de frustraciones. Cuando nuestros antepasados de hace doscientos años proclamaron la Constitución de Cádiz, la castiza y venerada Pepa, se las vieron muy felices pensando que todo iba a ser así de fácil y que la maltratada patria de sus desvelos iluminaría al mundo. Se equivocaban, naturalmente.
El Maestro estaba la otra tarde contento. Hasta esbozó una sonrisa, cosa rara, cuando el público murciano le obligó a salir al tercio a saludar. Casi no le había dado tiempo a cambiar el capote de paseo por el de faena y ya la plaza entera le dedicaba una ovación de gala. Y sonrió, sí, tal vez pensando: "Me aplauden de esta forma y aún no me he desperezado. Si le meto a un toro dos naturales seguidos, se llevan a media plaza a la unidad coronaria del hospital y me joden la tarde".
Presentar a Gabriel Albiac en las páginas de LD es como enseñar a la ministra Maleni la receta del gazpacho. ¡Qué sabré yo que no sepan ustedes! Antes, unos le llamaban Althusserín, por su vinculación con el gran marxista francés; ahora, unos hunos –los autores de ese nuevo Libro Rojo del Cole que ha publicado la editorial Akal– le tienen por paradigma del racista. En fin, que lleva toda la vida provocando escándalo, transgresiones y barahúnda. Todavía recuerdo el día en que descubrí sus libros "de antes" en la Feria del Libro Antiguo de Madrid. What a shock!
A punto de cumplirse el quincuagésimo aniversario de la carrera espacial, los expertos en la materia se han reunido en California para debatir sobre el futuro de la exploración del Cosmos. Y han llegado a una conclusión: las misiones espaciales venideras necesitarán energía atómica. La polémica está servida.