A la Pantoja le pasa lo que le pasa por dedicarse al arte reaccionario de la copla. Si fuera una cantante alternativa, desharrapada y protestona, los jueces hubieran sido más respetuosos con ella y no le habrían hecho pasar la vergüenza de visitar los calabozos, como si de un concejal de urbanismo se tratara (del PP, me refiero, que a los otros no se les molesta por orden de la superioridad).
Érase una vez una niña bien de un barrio señorial del centro de Madrid. Nuestra desdichada protagonista se crió entre los graves retratos de Franco que su progenitor, mediocre poeta casado en segundas con una vieja gloria de la danza del vientre, había colocado en la residencia familiar. Para mayor congoja de la frágil ninfa, al gallego se le unió el babilónico Sadam Husein, muy admirado por los hermanos de nuestra triste heroína. Con el tiempo, a la simpática chavala se le fue agriando el carácter, mientras iba desarrollando un escatológico interés por la anatomía masculina...
"¿Por qué tanto pesimismo?", escribía Richard Lindzen en Newsweek el pasado 16 de abril. En la portada de ese mismo número de la célebre revista se podía leer esta advertencia tremebunda: "Salvemos el planeta, porque si no..."; pero Lindzen, un científico de talla mundial que ostenta una cátedra de Meteorología en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), no anda precisamente con el corazón en un puño.
Buitre leonado (Gyps fulvus), quebrantahuesos (Gypaetus barbatus), alimoche (Neophron percnocterus), buitre negro (Aegypius monachus)… no son nombres que habitualmente salten a las primeras planas de los diarios. Se trata de las cuatro especies importantes de ave carroñera que conforman lo que comúnmente conocemos como buitres en la Península Ibérica.
Que te roben a besos es probablemente un sueño. Días pasados fallecía un hombre tras una fiesta prolongada. Salió con unas chicas complacientes y un amigo. Estuvieron de copas en distintos bares y recalaron en la casa de éste. Allí siguió la diversión... hasta que el cuerpo se quebró de cansancio. Al despertar, sólo uno de los hombres estaba vivo. El otro yacía en el suelo, retorcido, tieso, yerto. Dicen que, quizá, murió envenenado por un beso.