La carta, en papel biblia, nos llegó envuelta en un condón y escondida en un tubo de crema de afeitar. Como siempre. Era una carta del buró político, o más precisamente del aparato clandestino del PCE, dirigido por Santiago Carrillo. En un estilo burocrático-telegráfico, como siempre, se nos daban consignas y la explicación justa sobre los conflictos que sacudían la Europa comunista. Era noviembre de 1956, y la escena transcurre en Madrid.
Escúchenme bien lo que les voy a decir: tenemos "la fin del mundo" aquí mismito, a la vuelta de la esquina. Bueno, no lo digo yo, que de profeta tengo lo justo –mi único vaticinio acertado fue situar la media de audiencia de la Cuatro en la cifra que le da nombre–, ni siquiera los Testigos de Jehová, auténticos expertos en la materia, no en vano llevan pronosticando "la fin del mundo" desde mediados del siglo XIX, a razón de media docena de armagedones por década. No. Lo dicen los ecologistas de Adena, que de esto también saben un huevo (de avestruz).
Algunos cineastas son buenos para determinadas cosas. Howard Hawks era igualmente brillante haciendo comedia, drama o western. George Cukor era un dios en la comedia y mediocre en todo lo demás. Algunos actores crecen cuando se expande su variedad interpretativa y otros disminuyen. Ed Norton es un caso del primer tipo. Josh Harnett, en cambio, era un gran actor después de dos películas y resulta mediocre luego de haber filmado diez.
Lea esta lista y luego piense cuál de las siguientes posibilidades que ofrece la ciencia le parecen éticamente aceptables: una mujer de 63 años puede concebir un hijo sano que en realidad es su nieto; una pareja española selecciona el embrión de su futuro hijo para que pueda donar médula ósea a su hermano enfermo; una mujer sin hijos y enferma de cáncer congela sus óvulos para poder ser fertilizada con ellos dentro de una década, cuando haya superado las peligrosas y penosas consecuencias de la quimioterapia; una pareja de lesbianas engendra un retoño biológico de ambas.
Cuando el caminante pasa por Cerezal, la tarde acaba de irse. En la fonda saluda a la señora Isabel, que toma un vaso de leche sentada a una mesa frente al televisor. Es gruesa, de ojos claros y expresión sonriente; de edad próxima a la de Eusebio, a quien conoce y de quien dice que "es un hurdano auténtico, como debe ser". La señora Isabel tiene muchas cosas que contar.