Naturalmente, la mera mención de la infortunada princesa austríaca convertida para su desgracia en reina de Francia me trae a la cabeza cosas como la Revolución, la toma de la Bastilla, Luis XVI, la guillotina –en la que acabaron los reales cónyuges–... Pero sí: también los desayunos, o al menos su parte más sólida y... más francesa. Hablo, desde luego, del desayuno tal como lo concebimos los habitantes de los países europeos líderes en ciencias culinarias, es decir, españoles, franceses e italianos: simplemente, lo que dice la palabra: una forma de salir del ayuno nocturno, a base de algo no muy copioso; franceses e italianos usan el adjetivo
pequeño para nombrar sus desayunos:
petit déjeuner y
piccola colazione.
O sea: zumo de naranja, café con leche y, en lo sólido, pan natural o tostado, o churros en el caso español; o
brioches, o un
croissant... Y es aquí donde aparece María Antonieta. Ya saben que se le achacó como demostración de su frivolidad haber dicho, ante las protestas de gente que pasaba hambre, aquello de: "Si no tienen pan, que coman pasteles". Bueno, es posible que se trate simplemente de lo que hoy llamamos
leyenda urbana, porque más o menos esa misma frase se atribuyó nada menos que a Rousseau y, transformada en "Si no tienen pan, que coman tortas", a nuestra Isabel II.
Al parecer, la frase original es: "S'ils n'ont pas du pain, qu'on leur donne des brioches". Un
brioche es más un bollo que un pastel; hay
brioches para usos diferentes al desayuno, como los que a veces acompañan a un
foie-gras, pero su sitio perfecto es junto al café con leche del desayuno. María Antonieta habló de
brioches, y un
brioche es, fundamentalmente, y según el
Larousse Gastronomique, una "elaboración de pastelería de masa fermentada, ligera e hinchada, más o menos fina según la proporción de mantequilla y huevos". "Es una mezcla de harina, levadura, agua o leche, azúcar o sal, huevos y mantequilla, que se enmolda de diversas maneras".

Pasemos al
croissant. Un café con leche con
croissants es, con toda seguridad, el más parisiense de los desayunos. París, por la mañana, huele a
croissants recién hechos, olor que nadie osará negar que es de lo más agradable y apetitoso. Pues... con todo y con eso, el
croissant no es invento parisién, sino vienés; y... ¿adivinan quién lo llevó a Francia en 1770? Justo: María Antonieta, cuando fue a casarse con el Delfín. O sea, que ya tenemos a la infeliz reina de Francia ligada a cosas a su vez tan propias del desayuno como los
brioches y los
croissants. Ya ven que no iba yo muy desencaminado.
Me gustan los
croissants en el desayuno, aunque los superen en mis preferencias el pan fresco y, a veces y según dónde, los churros. Eso sí, exijo que los
croissants sean de la mejor calidad, para lo cual es imprescindible que también sea de la mayor calidad la mantequilla con la que se elaboren. En otro caso, nuestro
croissant, que sólo entonces merecería que lo escribiéramos como le gusta a la Real Academia, o sea,
cruasán, se pegará de una forma persistente y desagradable a nuestro paladar. No: un buen
croissant ha de escribirse en cursivas, o entre comillas, y estar hecho con una mantequilla magnífica.
Si han llegado hasta aquí, supongo que ya no les extrañará que muchos días, a la hora del desayuno, dedique un recuerdo a María Antonieta: se lo merece.