Pero no es sólo el maestro ibérico el que a una edad avanzada sigue trabajando y siendo reconocido por la crítica y, en ocasiones, por el público. En los EEUU, donde hasta hace poco era imposible para alguien entrado en años dirigir una película por problemas con los seguros de vida,
Sidney Lumet ha presentado a sus 84 años la vigorosa
Antes que el diablo sepa que has muerto, un thriller retorcido y rocoso, y el libertario
Clint Eastwood, con 78 años, acaba de estrenar un drama de época con tintes kafkianos,
El intercambio, y dentro de poco, en febrero de 2009, traerá a la cartelera española una pequeña película de cámara, rodada en apenas 31 días,
Gran Torino, en la que vuelve a interpretar su arquetipo favorito, el viejo soldado blanco con corazón todavía más blanco. En cuanto al incombustible Woody Allen, al que los aires europeos le han venido como botox a su cine, y apoyado en las nuevas estrellas españolas del cine norteamericano,
Javier Bardem y
Penélope Cruz, ha triunfado a sus 73 años con
Vicky, Cristina, Barcelona.
Pero también ha sido un año caracterizado por la renovación generacional, sobre todo en el cine europeo. Se estrenó la película ganadora el año anterior de la Palma de Oro en Cannes, la rumana
4 meses, 3 semanas y dos días, de
Cristian Mungiu, un drama claustrofóbico sobre el aborto en el extinto régimen comunista. Que ha coincidido con una de las triunfadoras de este año en el festival francés, la italiana
Gomorra, adaptación de
Matteo Garrone del relato periodístico de
Roberto Saviano sobre la Camorra napolitana. En el lado español, el cineasta catalán
Albert Serra ha vuelto a epatar a la audiencia internacional con
El cant dels ocells (El canto de los pájaros), un viaje íntimo en el que acompaña a las Reyes Magos hacia una epifanía mística y cinematográfica.
Si pasamos desde una orientación por generaciones a un vistazo a los géneros nos encontramos con el mantenimiento de casi todos ellos en unos niveles aceptables. La animación sigue viviendo una edad dorada gracias al impulso digital de la productora Pixar, trasplantado ahora también a Disney. En primer lugar, el robot enamorado
Wall-E, seguido a poca distancia por el plantígrado valiente
Kung Fu Panda y el perro tridimensional de Disney,
Bolt. El más tradicional de los géneros, el western, sigue destilando gotas de buen cine, como
El tren de las 3.10, el remake de
James Mangold del clásico de
Delmer Daves, y, sobre todo, la
Appaloosa de
Ed Harris, una película de pistoleros al estilo de las de antes pero interpretada como las de ahora.
Medio western, medio thriller, la gran ganadora en la ceremonia de los Oscar, además de aclamada por la crítica y el público, fue la adaptación de
No es país para viejos de los hermanos
Coen. La novela de
Cormac McCarthy encontró en los rostros de
Tommy Lee Jones,
Josh Brolin y, sobre todo,
Javier Bardem, que se llevó el Oscar, la mejor representación posible. La gran derrotada en la ceremonia hollywoodense fue
Pozos de ambición de
Paul Thomas Anderson, a la que perdía en su buen hacer precisamente un exceso de
hybris. También destacó el thriller con la mencionada película de Lumet y, especialmente, con otra tragedia familiar, esta vez de tintes épicos:
La noche es nuestra, del renacido
James Gray.

Por lo que hace al documental, diré que continúa con su recuperación por las salas de cine. Cabe destacar dos cintas de contenido político:
El abogado del diablo, estremecedor y fascinante retrato de
Jacques Vergès a cargo de
Barbet Schroeder (que habría que completar con la obra
El enemigo de mi enemigo, de
Kevin MacDonald,
sobre el juicio al nazi
Klaus Barbie, en el que fue defendido precisamente por Vergès, el abogado marxista-maoísta), y la nueva entrega de
Iñaki Arteta en su disección de la opresión nacionalista en el País Vasco:
El infierno vasco. También opresivo, pero por circunstancias estrictamente naturales, resulta ser el ambiente en el Antártico, donde
Werner Herzog se fue a rodar
Encuentros en el fin del mundo, su personal andadura por el infierno blanco. Una rareza mencionable es el retrato de
Jean Claude van Damme,
JCVD, realizado por
Mabrouk el Mechri.
Más rarezas. El misterioso ataque a la humanidad imaginado por
Night Shyamalan en
El incidente se lleva la palma en el apartado de películas que dejan al público tentándose la ropa. Si se entra en el juego del indio-americano, es una obra maestra. En caso contrario, queda como una película hermética y críptica. También hay que registrar como OCNI, objeto cinematográfico no identificado, el
Cinturón rojo de
David Mamet –que hace poco explicaba
por qué ha dejado de ser de izquierdas–, una peculiar cinta sobre un maestro de la lucha imbuido de la ética del deber y la pureza. Igualmente, hay que hacerse eco de la irrupción cinematográfica del brillante dramaturgo irlandés
Martin McDonagh, que en
Escondidos en Brujas realiza un teatral –en el mejor sentido de la palabra– juego de espejos en el que nada termina siendo lo que parece. No me olvidaré de
John Rambo, de
Stallone, la película más furiosa y con menos grasa cinematográfica de todas las que se han estrenado este año, cuyo complemento ideal sería la también ascética
Monstruoso,de
Matt Reeves.
Turno para las sonrisas, para la comedia. Unas sonrisas cada vez menos francas e inocentes, cada vez más amargas. Por ejemplo, las del
Viaje a Dajeerling, de
Wes Anderson, o las de
Rebobine, por favor, de
Michael Gondry. Destacaré también la estupenda
Yo serví al rey de Inglaterra, del checo
Jirí Menzel, un ejercicio de memoria histórica por una vez no histérico y sí profundamente irónico, y las brutales y despiadadas
Zohan: licencia para peinar, de
Dennis Dugan, y
Tropic thunder: ¡una guerra muy perra!, de
Ben Stiller.
Terminemos citando cintas igualmente dignas de mención, e imprescindibles para completar esta panorámica de 2008, que ya veremos cómo queda
sub specie aeternitatis:
Tropa de élite, de
José Padilha;
La boda de Rachel, de
Jonathan Demme;
Il divo, de
Paolo Sorrentino;
La cuestión humana, de
Nicholas Klotz;
Las horas del verano, de
Olivier Assayas;
Happy, un cuento sobre la felicidad, de
Mike Leigh;
Batman, de
Christopher Nolan;
Hancock, de
Peter Berg;
Los cronocrímenes, de
Nacho Vigalondo;
Wonderful town, de
Additya Assarat, y
Luz silenciosa, de
Carlos Reygadas.
A ver qué nos trae la inminente añada de 2009.