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PANORÁMICAS

La piel que habito

Desde Aristóteles estamos acostumbrados a distinguir entre cambios accidentales y cambios esenciales. Por muchos cambios accidentales que se produzcan, una sustancia definida sigue siendo ella misma. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.


	Desde Aristóteles estamos acostumbrados a distinguir entre cambios accidentales y cambios esenciales. Por muchos cambios accidentales que se produzcan, una sustancia definida sigue siendo ella misma. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Pero si en la mona se produce un cambio sustancial, por ejemplo un aumento exponencial de su inteligencia, entonces la cosa cambia. El origen del planeta de los simios plantea esta posibilidad.

Almodóvar, en La piel que habito, también.

Pero de una manera mucho más retorcida, compleja y sinuosa. Tanto como una espiral de ADN.

Precisamente Richard Dawkins, el célebre darwinista autor de El gen egoísta, es una de las referencias de una película que se abre a homenajes culturales diferentes de los habituales en el director manchego, ya que hace mención del western bíblico Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, de los insectos esculturales de Louise Bourgeois, de la Venus de Urbino de Tiziano, junto a, por supuesto, el referente más obvio, la película de Franju Los ojos sin rostro.

Como en Almodóvar es común, la puesta en escena está llena de brillantes aciertos. Nadie en el cine contemporáneo tiene su sentido y sensibilidad para componer dentro de una secuencia un puzzle encadenado de imágenes al estilo de un vodka con Martini de James Bond, "shaken, no stirred". A veces ocurría, como en Los abrazos rotos, que estos fogonazos de brillo autoral se perdían en un guión que, si no llegaba a estar deslavazado, sí que se le veían las costuras. Porque si el hecho de ser director en Almodóvar es algo innato, la faceta de guionista la ha ido perfeccionado con el tiempo hasta alcanzar aquí una complejidad estructural que habría hecho las delicias de Harold Pinter.

Almodóvar nunca ha perdido sus virtudes originales, a las que ha ido añadiendo el barniz del oficio artesanal. En primer lugar, es una esponja de gestos y expresiones populares, lo que le permite una atención al detalle en la dirección de actores que facilita que estos revelen una autenticidad natural que hace que los actores del Método, en comparación, resulten impostados e histriónicos. En este sentido, y como en él es fama, sus actrices están portentosas; sobre todo una, Elena Anaya, por la que uno podría ver la película en sesión y tensión continua doscientas o trescientas veces seguidas. Sin exagerar. Pero, además, en esta ocasión ha tenido la sagacidad de recuperar al único chico Almodóvar que ha podido presumir de serlo, un Antonio Banderas que es su particular Antoine Doinel y que compone uno de esos personajes tranquilamente inmersos en la locura que los hace tan atractivos a la vez que inquietantes.

En segundo lugar, sabe que las ideas y los problemas que quiere transmitir al espectador tienen que venir envueltos en una buena historia, en una narración entretenida. El reconocible universo de Almodóvar, tan celebrado como criticado, se compone de una defensa de lo heterodoxo, de lo marginal y rechazado, de los freaks, a la vez que de un desarrollo argumental que salta sin problemas de la comedia de costumbres al surrealismo, del cine de género a la vanguardia formalista.

En tercer lugar, el tipo se la juega. Como radical emprendedor (ahora que la palabra está tan de moda) que es, sabe que la única forma de triunfar a lo grande es arriesgarlo todo a un fracaso morrocotudo. Si en España hubiese empresarios con las ganas de aventura (artística) y de innovación (cinematográfica) que tiene Almodóvar, tendríamos al menos un Steve Job patrio.

La piel que habito, el título de la película, podría ser un verso de José Ángel Valente, de esos que parecen claros y diáfanos pero que, tras un momento de reflexión, producen un efecto de zoom en espiral mezclado con un travelling en sentido contrario (como aquel que hacía Hitchcock en Vértigo para ilustrar visualmente el abismo erótico y moral al que se asomaba James Stewart). Toda la película es un comentario a pie de página de la célebre máxima de Paul Válery según la cual lo más profundo que hay en el hombre es la piel. Y en la mujer, ni les cuento.

El descubrimento científico por antonomasia del siglo XX fue la estructura en forma de doble hélice que constituye la molécula de ADN, el último reducto de lo que somos. Almodóvar simula dicha configuración en el desarrollo de la trama argumental de La piel que habito, la cual gira sobre sí misma a partir de dos hélices con un mismo eje: por un lado, la idea comentada sobre la identidad, sobre lo que nos hace ser lo que somos esencialmente, entre la memoria y los genes; mientras que, por otro lado, tenemos la hélice de la venganza como motor del deseo. Durante gran parte de la película dichas líneas intelectuales no parecen tener nexo de unión alguno, y a medida que avanzaba el metraje me temía el desbarre caprichoso y arbitrario en que a veces incurre el manchego. Pero en esta ocasión finalmente las dos hélices llegan a una comunión no por alucinante inverosímil.

En el modelo de Watson y Crick, la doble hélice va retorciéndose sobre sí misma unida por cinco bases nitrogenadas (guanina, citosina, timina, adenina y uracilo), que en la película están protagonizadas por los fascinantes encuentros de los rostros de Antonio Banderas y Elena Anaya, la música de Alberto Iglesias, que transita sin dificultad de Vivaldi a lo castizo, pasando por el habitual crescendo de violonchelos del género del suspense, la fotografía de José Luis Alcaine y la ropa de Jean Paul Gaultier. Desde In the mood for love, de Wong Kar Wai, no sentía que la pantalla cinematográfica podía cobrar esa textura de seda y terciopelo.

La piel que habito ha alcanzado automáticamente el estatus de película de culto. En la estirpe romántica y desafiante de Terciopelo Azul (Lynch), Inseparables y Crash (Cronenberg), La dalia negra y Femme fatale (de Palma) o Two lovers (Gray), Almodóvar ha realizado un tripe salto mortal con doble tirabuzón sin red del que ha salido no solo airoso, sino triunfante, haciéndonos sentir que de nuevo habitamos ese lugar que llamamos "cine" y que es para algunos –entre los que me cuento– una segunda piel.

 

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