Menú
CRÓNICA NEGRA

La cultura de las navajas

Brillan los cuchillos en el recreo. Los alumnos asisten a clase con las hojas de acero enlomadas, como tigres a punto de saltar. Puede que hasta el jefe de estudios los considere muy buenos estudiantes que nunca se meten en nada. Eso prueba la situación real, en la que algunos centros de enseñanza no se enteran de lo que está pasando.

Brillan los cuchillos en el recreo. Los alumnos asisten a clase con las hojas de acero enlomadas, como tigres a punto de saltar. Puede que hasta el jefe de estudios los considere muy buenos estudiantes que nunca se meten en nada. Eso prueba la situación real, en la que algunos centros de enseñanza no se enteran de lo que está pasando.
Un ejército de navajeros se sienta en las aulas o se pasea por el centro, incluso establece el cuartel general a las puertas sin que los enseñantes reparen en nada. Hay una mezcla de razas, creencias, comportamientos, actitudes, y faltan asignaturas. La primera, la de la convivencia, pero también la de la disciplina y la autoridad. Los chicos se enfrentan en el patio porque no tienen la suficiente formación, ni la educación precisa que les convierta en ciudadanos. Algunos profesores pueden caer en la tentación de no corregir las conductas desviadas, sino aceptarlas como una cultura. La de las navajas.
 
Bandas juveniles se apoderan de las calles e introducen sus tentáculos hasta el interior de las clases. Inevitablemente chocan con otros grupos espontáneos u organizados. La bronca podría haber terminado en una pelea con globos de agua, actividad por otro lado infantiloide para muchachotes de entre 15 y 17 años.
 
Todo podría haber quedado en algunos empujones y bofetadas, pero aunque el motivo era banal hay un enfrentamiento de fondo, y los de un bando echaron mano de su cultura. La llevaban en la entrepierna, caliente y fría al tiempo, tiesa y afilada, y se la metieron a uno por el cuello, en un claro intento de homicidio.
 
Aunque deslumbre al profesorado que se sienta atraído por los usos y costumbres importados, cultura de navaja teníamos aquí bastante, como para hacer próspero todo el comercio de Albacete. Lo que pasa es que llegaron otros educadores con gorra de plato o tricornio y fueron romanizando al personal hasta meterlo en la cárcel si llevaba la herramienta puesta.
 
Para delicia de estudiosos, hay que decir que al llevar navaja aquí se le decía "estar empalmao", y a dar un corte "chinar" o "dar un chirlo". De forma que se veían más caracortadas que en una película de Al Capone, el scarface al que desbravó Hacienda. Hasta que triunfó la civilización sobre la barbarie y se convirtió en delito ser demasiado culto de hoja, optando el personal por dejar la herramienta en casa.
 
Francisco de Goya: DUELO A GARROTAZOS.Ahora llega del otro lado del Charco este reflejo de lo que fue la España de navaja y garrotazo, que habrán visto los que se queden un momento en el piso de Goya, en el Museo del Prado, y los bobos o lilas se quedan con la boca abierta de lo cultos que vienen dominicanos y ecuatorianos, por ejemplo, que por desgracia, ante la insuficiencia de estudios, como empieza a pasar aquí de nuevo, se ven obligados a cargar con la faca, la sirla, la limona, instrumento de campo para abrir cultura.
 
Chicos que aprenden, al bajar del avión o el barco, que en España los de su edad que hacen algo malo "pagan poco", y que las calles, plazas, colegios y patios de recreo están disponibles, después de décadas de democracia, desprovistos de cultura de navaja, dispuestos para una conquista al revés, donde el delito ancestral se establezca de nuevo, sin que profesores o jefes de estudios sean capaces de pararlo.
 
A la puerta de los colegios crecen las bandas, que forman parte de la tribu del cuchillo. Algunos miembros están dentro y otros fuera, pero todos conocen el lenguaje, los signos que los distinguen, la ideología que les impulsa. Básicamente se trata de establecer un dominio, apoderarse de un pedazo de terreno donde florezca la costumbre que viene de lejos, tan vieja como el mundo, consistente en que los delincuentes imponen su cultura por la fuerza.
 
Si pasa algo en el instituto, basta con decir que el incidente se produjo fuera, aunque sean alumnos buenísimos que estaban muy atentos en clase, verdaderos modelos de la sociedad actual; que "si van empalmaos" no se nota, porque son tan buenos que permanecen con la faca encerrada entre las carnes, dormida hasta que "les busquen las cosquillas"; porque, claro, si esto se produce, entonces ellos tienen que tirar de la "limona", de "la amarga", que levanta tantas lágrimas, para partirle la madre al infractor. Son cosas de la cultura, que piensan, y por lo tanto enseñan, educadores trasnochados, algo jipis, que quizá se quedaron en la época de los complejos, cuando las cosas buenas, supuestamente, venían siempre de fuera.
 
Dos dominicanos y un ecuatoriano hirieron con navajas a otros tres alumnos en un instituto de Hospitalet, pero la fiebre de las navajas se ha extendido por toda España y brillan en Villaverde, Madrid, como en toda Cataluña. Las calles son un relumbrar de reflejos de acero a ritmo de hip hop. No habrá nada que hacer hasta que no cambien los educadores, es decir las culturas. La jueza, de momento, ha premiado a los más cultos ordenando su internamiento en régimen cerrado.
0
comentarios