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CRÓNICA NEGRA

Gallardón, con freno y marcha atrás

Alberto Ruiz Gallardón es un caso extraordinario en toda Europa. Se gasta lo que no está escrito en engalanar toda la ciudad y reconstruir y adecentar el Palacio de Correos, con él ya Ayuntamiento. Y cuando logra que el castillo esté habitable, muchos millones de euros más tarde, va y deja de ser alcalde. De nuevo a un viejo caserón, ajeno a la modernez minimalista.


	Alberto Ruiz Gallardón es un caso extraordinario en toda Europa. Se gasta lo que no está escrito en engalanar toda la ciudad y reconstruir y adecentar el Palacio de Correos, con él ya Ayuntamiento. Y cuando logra que el castillo esté habitable, muchos millones de euros más tarde, va y deja de ser alcalde. De nuevo a un viejo caserón, ajeno a la modernez minimalista.

Conocí a Alberto Ruiz Gallardón cuando se presentaba para concejal y no salió. Repartía propaganda, ahí, en la boca del Metro, instalado en la derecha pura y dura, amable, leal, abierto y colega. Como periodista de local –nueve alcaldes–, de vez en cuando escribía de Alberto. Suena el teléfono, en Diario 16, y es él. Cuando se daba aquellos aires de Kennedy de Entrevías; nada que ver con este monarca habilitador de palacios y capaz de establecer una dinastía en el Ayuntamiento de Madrid, llevándose de paso a los periodistas a los tribunales. En aquel tiempo nada de eso era posible para el joven Gallardón. Todo eran promesas y buen rollo. ¿Te acuerdas, ministro?

 Alberto era más Kennedy que Aznar, para que se enteren.

"Qué bien. Que te debo una". Pero esa que me debes jamás ha sido pagada.

El poder tiene frágil memoria. Ruiz Gallardón cada día es menos esperanza y más realidad inquietante. Ahora es ministro. Hace nada era el regidor que puso de moda eso de emperrarse en luchar dos veces con pocas probabilidades por las Olimpiadas, en que las bicicletas circulen por las aceras, con riesgo para niños y ancianos, en endeudar a todos los madrileños para construir un paseo junto al río y hacer del Manzanares un canal veneciano.

Alberto fue alcalde de Madrid tras Jose María Álvarez del Manzano, que fue un gran regidor. Alberto es un gran melómano, pero pese a Albéniz y su tradición musical, fue torciendo el gesto, como si no estuviera en paz con el mundo, y agriando el carácter, hasta el punto de tomarse la lucha política por la tremenda y mostrarse incapaz de recomponer relaciones que la lucha política reconstruye constantemente. Alberto ya es hierro viejo, nada de bambú. Naturalmente, olvidado de los antiguos amigos, que tan necesarios fueron en un principio y tan poco significan en la actualidad, cuando la traidora política te pone en los belfos del poder.

Alberto llegó al Ministerio de Justicia sin quererlo especialmente, pero una vez allí se propuso destacar, como siempre. El caso es que esta vez le estaban pidiendo la cadena perpetua, que era mucho pedir. Un concepto que, sin llamarse así, ya está en el Código Penal, pero que está sin espoleta; que no es efectivo. Aunque en teoría un terrorista ya puede ser penado con cuarenta años de prisión. Es decir, que le caiga la perpetua.

Alberto parecía estar con las familias que reclaman dureza con los asesinos, los pederastas y los violadores. Pero de repente el osado Ruiz Gallardón, igual que un día dejó de ser alcalde sin pedir permiso a los madrileños, y que dejó de decir "Te debo una", ha dejado de apoyar la cadena perpetua para los grandes criminales, provocando la decepción en la interminable lista de padres coraje: Adoración Cano, Mari Mar Bermúdez, Antonio del Castillo...

Castigar con dureza a los grandes asesinos no es por lo visto políticamente correcto, y tomar una decisión así puede cerrar el paso a la presidencia de un próximo Gobierno descafeinado del PP, con lo que Gallardón, que se hallaba mareando la perdiz de las leyes obsoletas e inútiles, dejó de jugar con ellas, porque queman, y cayó en una reiteración: la perpetua solo para terroristas, que es tanto como sacar a pasear el argumento central del Gatopardo con otra vuelta de tuerca: no cambiar nada para que nada cambie.

Esta vez no podía salirle bien. Antonio del Castillo, que es la paciencia personificada, ha pedido su dimisión, y todas las víctimas que creían en él han cerrado los ojos con dolor. Este no es aquel Gallardón del alma mía, sino un político avejentado, endurecido, capaz de torcer la mano por una mala coyuntura. Lo que ha hecho de él un ministro de Arniches o de Jardiel Poncela: político con freno y marcha atrás.

De carrera, Ruiz Gallardón es fiscal, pero nunca ha ejercido. ¿Tiene vocación de picapleitos? Yo no lo creo. Alberto es músico y quiere dirigir la orquesta, le da igual comenzar de violinista que tocar el fagot. Se sabe la música, pero ignora la letra: decir cadena perpetua impone, amedrenta, disuade. La Justicia precisa recuperar ese poder disuasorio. Poco más se le había pedido, pero a este Alberto las mismas palabras le crean inquietud.

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