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RECUERDOS SUELTOS

En la UNIR

"Venga, Vigo –a menudo nos llamábamos por nuestro lugar de origen–, ponte a ahondar el terreno". Tomé una pala, la hinqué ligeramente en el suelo y presioné con el pie para hundirla más. El sargento me miraba con desaprobación. "De libros entenderás, pero esto no es lo tuyo". "Para todo hay que valer".

"Venga, Vigo –a menudo nos llamábamos por nuestro lugar de origen–, ponte a ahondar el terreno". Tomé una pala, la hinqué ligeramente en el suelo y presioné con el pie para hundirla más. El sargento me miraba con desaprobación. "De libros entenderás, pero esto no es lo tuyo". "Para todo hay que valer".
Puso a otros dos, más fornidos y hechos a labores del campo, y en poco tiempo quedó listo el nido de ametralladora, en una altura dominante. El sol se ponía y la tropa se iba desplegando sobre un amplio e irregular anfiteatro natural elevado en torno a una playa con rocas. De la ladera llegaban cantos de pájaros y gritos de soldados alertando a algún campesino rezagado para que espabilara y se llevase las vacas del lugar. La Unidad de Intervención Rápida (UNIR) se disponía a realizar un ejercicio nocturno.
 
La UNIR del Tercio Norte de Infantería de Marina estaba integrada por una compañía de infantería más secciones o pelotones, no recuerdo bien, de morteros, ametralladoras, cañones sin retroceso y lanzallamas, y se trasladaba en camiones. Tenía, por tanto, notable movilidad y potencia de fuego. Yo era primer proveedor de una ametralladora, marca Alpha o Alfa, creo, de cuando la Guerra Civil, decían. Debía transportar a la espalda el pesado trípode de hierro, encajar el tambor de las balas y desenroscar y cambiar rápidamente, con unas grandes tenazas, el cañón del arma cuando se ponía al rojo, enfriándolo en un recipiente con agua. Los viejos trastos se encasquillaban con frecuencia, pero el sargento lograba hacerlos funcionar bastante bien, asegurándose de que manteníamos su mecanismo escrupulosamente limpio. Más adelante vendrían ametralladoras MG, alemanas, con trípode español más ligero y flexible.
 
Ya oscurecido empezó la "sinfonía de la guerra", sin guerra. Todas las armas fueron abriendo fuego sobre la playa, excepto los lanzallamas. Las balas trazadoras cruzaban el cielo oscuro para asegurar la puntería, y las explosiones iluminaban por momentos trozos de playa y hacían saltar las rocas. Me preguntaba por el objetivo del ejercicio: ¿repeler un desembarco o atacar por sorpresa a un enemigo ya desembarcado? No nos lo explicaron, ni me importaba mucho, en realidad, pero lo segundo me parecía más interesante; en cambio, me imaginaba medio muerto de miedo soportando el cañoneo de una flota allá enfrente y los bombardeos aéreos…
 
Terminó la acción y el capitán vino a felicitar al sargento:
 
– Sus máquinas han dado un verdadero recital.
 
Y es que apenas se habían atascado. No recuerdo el nombre del sargento, y lo siento, porque fue el mejor que conocí: más bien bajo, enjuto, correoso y enxebre, o sea, muy de la tierra, muy gallego. Eficaz en su cometido, socarrón, no entraba en las típicas chabacanerías de la tropa y sabía mandar sin despotismo ni palabras de más. No me hostigaba, como otros suboficiales, aunque tampoco sufría yo un acoso estrecho: algún desprecio que me resbalaba, amenazas poco efectivas o marginaciones que en realidad me venían bien. Un día hacíamos ejercicios con un cabo primera desmontando a ciegas la ametralladora, pieza a pieza, y volviendo a montarla. Era útil para repararla de noche. Me puso a la faena con una sonrisa jactanciosa hacia los demás, como diciendo: "Seguro que no tiene puta idea". Pero fui el segundo más rápido en realizar la operación, lo que le dejó contrariado.
 
Bien, a la mañana siguiente salimos de las tiendas de campaña donde dormíamos como arenques en lata, desayunamos al aire libre y realizamos nuevos ejercicios, con los infantes por la playa y nosotros tirando desde lo alto. Rafa, el de Tarrasa, comentó: "En una de éstas, quien quiera cargarse a un tío puede hacerlo y nadie probará que no fue un accidente". Nunca pasó, que yo sepa. El cabo primero permitió tirar con la ametralladora a varios soldados ajenos a la escuadra. Uno de ellos disparó largas ráfagas, como en las películas, y el cabo se le echó encima, muy enfadado: debía dispararse a ráfagas muy cortas, de tres o cuatro tiros, afinando la puntería: se oprimía con el pulgar un botón en la parte trasera del arma y salía un montón de balas, por lo que había que controlar bien la presión del dedo. Nuestro tirador, un tipo adusto, lo hacía muy bien, con excelente puntería y pulso, conseguía disparar tiro a tiro, nunca más de dos o tres seguidos.
 
Llegó mi turno de tirar, pensé, pero me equivoqué:
 
– El teniente ha dicho que tú no.
 
Eran días lluviosos, entraba algo de agua en las tiendas, y por la noche tuvimos que salir de ellas a toda prisa para repeler un supuesto ataque. Subíamos corriendo por un terreno en cuesta, procurando no perdernos de los compañeros inmediatos, cuando oímos unos gemidos lastimeros. Nos acercamos varios y vimos a uno de nuestros cabos primera tirado en el suelo. Se había caído y dado con el vientre sobre un gran clavo hincado en el suelo. Por suerte, la ancha cabeza del clavo no le había penetrado en el cuerpo, pero se quejaba mucho. Era un tipo grueso y pintoresco, en las teóricas solía hablarnos de las prostitutas del barrio de la Herrería, de Vigo, que conocía bien.
 
– Oye, pues fulano se casó con una de esas putas, y, no lo querrás creer, no encontrarías a otra tía más seria y más fiel, una tía cojonuda.
 
En la esgrima de fusil utilizaba un vocabulario particular.
 
– ¡Culatazo a la mandíbula! –ordenaba.
 
El teniente se le acercaba
 
– Te tengo dicho que no es culatazo a la mandíbula, sino… (he olvidado la locución correcta).
 
Luego, o quizá fue otra noche, o estoy mezclando varias ocasiones, salimos en una marcha nocturna por los caminos, carreterillas y bosques de la zona. Los oficiales se despistaban a veces y consultaban y discutían planos a la luz de los faros de algún vehículo. El sargento antes mencionado los sacaba de apuros.
 
– Hay que saber moverse en el monte –comentaba con sonrisa burlona.
 
Volviendo al cuartel, un tanto derrengados, solíamos entonar una canción de marcha alemana:
Entre montes y valles,
un caserío está, está, está,
y allí vive, dichoosa
una chiquilla hermoosa…
– ¡Venga, más alto! ¡No se os oye! –rezongaba el capitán.
 
Bastaba eso para que siguiésemos cantando bajo. No lo hacíamos por rebeldía, como a mí me habría gustado, sino más bien por gamberrada o algo así. Los oficiales nos hacían dar vueltas al patio en formación, con las armas a cuestas.
 
– ¡Mientras no cantéis bien, seguiréis dando vueltas!
 
Pero en general no podían con nosotros. Llegaba la hora de la cena y ellos querían irse también, de modo que, después de completar el cansancio de la marcha con casi una hora de vueltas al patio, nos dejaban ir a ducharnos. Las duchas consistían en tres pasillos paralelos que había que recorrer en masa, con más o menos prisas, mientras de unas tuberías agujereadas, situadas a los lados y en la parte superior, salían chorros de agua por lo común caliente.
 
Hacíamos numerosas marchas y ejercicios, y el tiempo que pasé allí fue el mejor, con diferencia, de mi año y medio de mili. Para mi gusto, teníamos demasiada instrucción en orden cerrado y poca en orden abierto, para avanzar sobre el terreno cambiando la disposición del grupo (guerrilla, cuña, etc.) sin perder la cohesión. Esta instrucción exigía concentrarse al mismo tiempo en las señales del cabo, en los compañeros, en el terreno y en la situación delante. Con mi manía reformista, lo creía un medio excelente para desarrollar el espíritu de cooperación en grupo, no sólo con fin militar.
 
Esta vida terminó para mí una mañana en que, formados en el patio en traje de gimnasia, se acercaron tres capitanes y me separaron de la formación.
 
– Sube a la compañía.
 
Hube de abrir la taquilla y vaciarla. Había en ella bastantes libros de contenido muy izquierdista, pero legales, que yo difundía entre la tropa, y al fondo varios editados en Moscú y en Pekín. Cuando los vieron se pusieron muy contentos: ya tenían pruebas claras. Y eso, justamente, me salvó. Sobre la litera estaba mi uniforme de faena, y en un bolsillo tenía una carta de una chica y un informe a mano con ideas sobre la subversión en el ejército, para enviarlo a la dirección de la OMLE (Organización de Marxistas Leninistas Españoles) en Madrid. Comenzaron a examinar los papeles, y yo, a la desesperada, les dije:
 
– Eso son cartas personales.
 
Se sintieron caballerosos tras haber dado en la taquilla con las que creían pruebas decisivas.
 
– Está bien, no nos interesan. Quedas arrestado en la compañía.
 
Y se fueron con su botín, más inútil de lo que pensaban. El juez instructor, un teniente coronel, me mostraba sentimientos muy cálidos, bastante explicables, vista la cosa imparcialmente: me prometía al menos cinco años de cárcel. Ya he contado esto último en De un tiempo y de un país.
 
 
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