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VUESTRO SEXO, HIJOS MÍOS

El pirulo fofo

Estimados copulantes: Mis menudillos oculares, que estaban muy pasaditos, han sido eliminados y sustituidos por un flamante conjunto de cristalinos ortopédicos. Ahora me siento especialmente clarividente, así que vuelvo contenta a filosofar con vosotros acerca del sexo, sus misterios y sus problemas.


	Estimados copulantes: Mis menudillos oculares, que estaban muy pasaditos, han sido eliminados y sustituidos por un flamante conjunto de cristalinos ortopédicos. Ahora me siento especialmente clarividente, así que vuelvo contenta a filosofar con vosotros acerca del sexo, sus misterios y sus problemas.

Uno de estos problemas del sexo es la impotencia, que viene siendo una incapacidad del pirulo que parece concebida ex profeso para jeringar al varón. Los afortunados jóvenes que disfrutan de un pene respondón y travieso siempre se tronchan de risa con esto de la impotencia. Pero detrás de tanta mofa posiblemente se agita el fantasma del pánico escénico que invade al más audaz a la hora de pegarse un revolcón.

Debéis saber que cualquier pene puede adoptar una de estas cuatro posiciones: rígida, semi-rígida, fofa y rigor mortis. El pene rígido, siempre que respete el tempo, es una bendición del cielo. Por el contrario, si la rigidez es pertinaz se trata de una calamidad llamada priapismo que molesta un horror y hasta da grima.

Un pene rampante es propio de mozos y se mitifica mucho, así que no hay que acomplejarse cuando alguien alardea de tener que hacer un esfuerzo para separarse el pene del pecho. Aparte de eso, ni siquiera un joven vigoroso está libre de ser traicionado por sus atributos. Es el caso del momento atroz en que, inesperadamente, el pene adopta una actitud titubeante y poco resuelta. Si es un asunto puntual, quizá forma parte de los síntomas de una borrachera, del consumo de drogas o medicamentos y, en general, de cualquier exceso.

El miembro viril también es enemigo del estrés y de los pensamientos parásitos. ¿Qué es esto último? Pues es lo que ocurre cuando, por ejemplo, el varón está por la labor y, de pronto, piensa que le puede caer encima el cristo que le regaló su abuela y que cuelga sobre la cama. O descubre, de sopetón, que su pareja se da un aire con la tía Sacramento, la que despellejaba conejos con cara de velocidad. La cama en sí misma también puede tener culpa de la impotencia, sobre todo cuando se hereda y hay que hacer las cochinadas en el lecho donde la han palmado varios difuntos honorables.

Por otra parte, la libertad sexual ejerce, a veces, una desagradable presión sobre los hombres solteros, y es frecuente que un mozo se vea envuelto en un lío con una pareja que, realmente, no le gusta nada. Queridos, debo insistir en que tenéis que aprender a decir que no, y saber que seguís siendo hombres aunque no vayáis por el mundo con un ariete en la bragueta. En cualquier caso, cuando las herramientas no están en condiciones es mejor no intentar la penetración y probar con un repertorio menos asertivo o dejarlo todo para otra ocasión, porque no se puede presentar armas con un gusarapo.

Hasta que surgió la medicina moderna, se llamaba impotencia a cualquier cosa que impidiera al hombre procrear. Por ejemplo, la esterilidad, que a menudo tiene poco que ver con la erección y mucho con el tema de los espermatozoides. También puede haber impotencia debido a problemas mecánicos que impiden la feliz resolución del coito porque el pene está desviado, la uretra sale por donde no debe, el frenillo molesta y el prepucio también. En fin, que se hace la picha un lío.

En el mismo saco se metía también la homosexualidad recalcitrante, la misoginia y todas las dolencias físicas y psicológicas que interfieren con la libido. Muchos hombres han dejado testimonio literario de un episodio de impotencia ante una mujer muy deseada y hermosa. A veces por el respeto a la virginidad, espiritualidad o rango de la dama y otras veces por lo contrario. O sea, porque era una guarrilla.

James Boswell sufrió un monumental gatillazo cuando, medio muerto de deseo, entró por primera vez en el dormitorio de su bella amante y quedó neutralizado por la emoción. Rousseau en sus Confesiones refiere su fallido encuentro sexual con la deseada Zulietta porque, de repente, se le ocurrió desconfiar de la perfección de una mujer que, siendo tan bella, sólo era una cortesana. Descubrió entonces que la joven tenía un pezón imperfecto y se extinguió su llama. Se conoce que era un tío sensible.

Muchas veces, los expertos achacaban los fallos en la erección a una falta de moderación: demasiado sexo, demasiada masturbación, demasiadas pérdidas lamentables de valiosos fluidos masculinos cuyas fuentes se secaban para siempre. Y es que se tenía un concepto económico de los polvos, como si fueran un recurso escaso susceptible de usos alternativos –los usos buenos y los malos– y, si se dilapidaban de mala manera, con el último polvo sobrevenía la insolvencia sexual.

Así, por ejemplo, en el siglo XVIII Lord Rochester, después de presumir de haber conseguido diez mil penetraciones (je, je) se lamentaba del declive de su pene, que antes,

duro y resuelto, invadía sin cuidado a hombres y mujeres, hasta saciar su furia.

A propósito, fijaos cómo entonces no se consideraba homosexual al varón activo.

Tampoco se consideraba saludable la falta de ejercicio sexual, porque acababa por atrofiar la maquinaria. Por ejemplo, Tissot afirmaba que un hombre de ciencia entregado a los estudios era un candidato a la impotencia. Éste se curaba en salud.

Las mujeres constituían el mayor de los peligros para el vigor del pene, porque eran unas ladronas de semen, y tan insaciables en el lecho, que dejaban exhaustos a los hombres; encima, si éstos no cumplían, enseguida les ponían los cuernos. Había cierta fijación en el sentido de creer que el coito era saludable para las mujeres, y de ahí su avidez por el semen. Por si fuera poco, ellas poseían una sabiduría maligna para elaborar recetas y sortilegios con el objeto de vengarse de los hombres que las burlaban, traicionaban o desairaban. O sea, de casi todos.

Pero esto no sólo era cosa de mujeres, porque en general la gente era la mar de puñetera, y hasta el más tonto se afanaba para dejar impotente a un pobre infeliz. Además, era muy sencillo. Sólo había que hacer tres nudos en una cuerda y pronunciar un conjuro. Hasta las más altas instancias creían en esas cosas.

Sin ir más lejos, la Iglesia declaró que el rey Carlos II de España era víctima de un hechizo porque no tenía hijos. El desdichado rey probablemente tenía un problema de eyaculación ad portam, o quizá su erección carecía del vigor suficiente para romper el himen de su esposa. Se investigó –sin éxito– para descubrir al culpable del hechizo, y los exorcismos, santos óleos y ayunos que impuso el confesor del rey para curar su "semen corrompido" fueron un fiasco. Así acabó la dinastía de los Habsburgo. Hasta tal punto la historia depende de la salud de un pene.

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