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CIENCIA

El misterio de 'Grolar'

No son osos polares, ni osos grizzly. Los dos ejemplares que esta semana han copado las informaciones científicas de medio mundo parecen ser individuos híbridos, producto de la mezcla genética de esas dos especies.


	No son osos polares, ni osos grizzly. Los dos ejemplares que esta semana han copado las informaciones científicas de medio mundo parecen ser individuos híbridos, producto de la mezcla genética de esas dos especies.

No es la primera vez que sucede. Se han conocido hibridaciones de este tipo en cautividad, y desde 2006 se tiene constancia también de más de un caso en estado silvestre. Hasta el punto de que algunos amantes de las etiquetas mediáticas han dado en bautizar a estos seres con el nombre de grolar, mezcla de grizzly y polar.

Pero la noticia de esta semana ha venido acompañada de una alarmante coletilla. El hallazgo de dos osos híbridos en el note de Canadá podría, según algunos expertos, ser un síntoma de que la pérdida de suelo helado en el ártico está obligando a los osos polares a convivir con especies más meridionales y favoreciendo la pérdida de pureza de la raza. ¡Un nuevo efecto del calentamiento global!

Evidentemente, todos los analistas se han apresurado a recordar lo malo que es que aparezcan especies híbridas de este tipo... si es que se les puede calificar de especies. Los datos recién obtenidos vendrían a anunciar un grave deterioro de la biodiversidad ártica.

¿Es realmente tan desesperanzadora la noticia?

La hibridación es una estrategia habitual de la naturaleza. En el mundo vegetal ocurre con cierta frecuencia. Entre los animales, algunos casos son prototípicos: la mezcla de caballo y burra da como resultado una mula. Es cierto que las mulas son estériles y que, por lo tanto, no pueden considerarse una especie independiente.

Los osos grolares no lo son. Al menos eso se deduce del estudio de su genoma, que parece indicar que se trata de individuos de segunda generación. Es decir, la hibridación entre las dos especies de osos no sólo ha dado como resultado un individuo mixto, sino que éste ha podido reproducirse y traspasar sus genes únicos a otros individuos.

Este dato parece fuera de toda duda científica. Lo que no es tan indudable es la valoración que los expertos hacen de él. Algunos consideran que la hibridación supone un golpe en la línea de flotación de la supervivencia a la especie más amenazada (en este caso, el oso polar), y que hay que tomar todas las medidas posibles para detenerla.

El problema sería que, a medida que la presión ambiental aumentase las posibilidades de intercambio genético, los linajes puros originales fueran perdiendo oportunidades de transmitir sus genes, por lo que tenderían a desaparecer.

Sin embargo, las voces más alarmistas parecen olvidar que la hibridación no es otra cosa que un seguro de vida para la naturaleza. Ante entornos cambiantes (como los que se han venido produciendo en la biosfera desde los propios orígenes de la vida), el intercambio de genes deriva en un aumento de la diversidad y, por ende, de las expectativas de supervivencia del animal. Por decirlo de un modo sencillo: si en lugar de un solo tipo de oso tenemos tres, las posibilidades de que nuestros tataranietos sigan viendo osos aumentarán considerablemente.

Según un informe reciente del Comité sobre Especies en Peligro en Canadá, esta realidad se hace aún más evidente en los casos de especies muy debilitadas, como el oso polar. "Cuando hablamos de animales en serio peligro, no parece una mala idea cruzar sus genes con los de otros de poblaciones muy cercanas para garantizar su supervivencia".

El ejemplo más espectacular de triunfo de la hibridación es el surgimiento mismo de la reproducción sexual. El sexo es un mal invento (y absténgase de hacer bromas con la frase). En términos de eficacia, exige una inversión en energía muy elevada, un gasto poblacional considerable en los casos de reproducciones fallidas, una exposición innecesaria a las enfermedades de transmisión sexual y una permanente fuente de tensión para buscar parejas que, en algunas especies animales, llega a la muerte de alguno de los contendientes. Nada que ver con la aséptica, limpia, segura y garantista reproducción asexual (clonación, partenogénesis...) que dominó todas las formas de vida en los primeros millones de años de la biosfera.

Pero a medida que el entorno se hizo más cambiante, y las amenazas ganaron envergadura, la aparición de la reproducción sexual supuso una tabla de salvación. El genial invento de la naturaleza de lograr que dos individuos intercambien sus genes, pongan en el cóctel cada uno la mitad de un ADN y generen con ello otro individuo absolutamente distinto, único y capaz de transmitir a su vez la mitad de sus genes a otros favoreció el boom de la diversidad biológica que hoy presenta la faz del planeta.

La naturaleza no es racista, ama la contaminación, la mezcla, el mestizaje. Y en momentos críticos, con cambios de entorno provocados en mayor o menor medida por el hombre, esa estrategia puede ser beneficiosa.

Por eso, ante la presencia de estos osos hibridados, lo más prudente es la mesura. Primero, porque no deja de ser una anécdota hipertrofiada por los medios de comunicación que aún no tiene entidad de categoría científica. Segundo, porque no sabemos si los nuevos genes van a favorecer el desarrollo de rasgos que permitan la supervivencia de la especie intermedia o, por el contrario, su efecto será borrar las fortalezas biológicas propias de las especies matrices. Tercero, porque, por mucho que les duela a los catastrofistas y a los defensores de la pureza extrema animal, la naturaleza, en los últimos 3.800 millones de años, siempre se ha demostrado más sabia que nosotros.

 

http://twitter.com/joralcalde

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