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CÓMO ESTÁ EL PATIO

A cuenta de los progres multimillonarios

Hay personas que todavía se sorprenden por la forma en que los progres multimillonarios se avergüenzan de su éxito, pues no de otra forma cabe interpretar sus constantes ataques al sistema que les permite disfrutar de un nivel de vida muy superior al resto de la población.

Hay personas que todavía se sorprenden por la forma en que los progres multimillonarios se avergüenzan de su éxito, pues no de otra forma cabe interpretar sus constantes ataques al sistema que les permite disfrutar de un nivel de vida muy superior al resto de la población.
En efecto, la capacidad de ostentación de los iconos progresistas sólo es equiparable a su necesidad de pedir perdón por ese pecado no cometido: haber triunfado en la vida. Y sin embargo nada hay más lógico en esa actitud, pues cuando uno se pasa la vida acusando a los ricos de la pobreza de los demás, lo coherente es avergonzarse cuando se llega a tener una situación financiera holgada.
 
El socialismo es básicamente una cuestión de envidia disfrazada bajo premisas igualitaristas. El éxito de los hacendosos y los individuos geniales no se perdona fácilmente por quienes prefieren rapiñar del Estado antes que esforzarse por su cuenta en actividades productivas. De ahí que el discurso más extendido entre los simpatizantes del socialismo sea el que habla de "redistribuir" el dinero de los demás... siempre y cuando "los demás" sean ellos.
 
Cualquier persona con ideas socialistas que consigue llegar a la elite social y económica a base de esfuerzo y de talento hace saltar por los aires todo el argumentario progre, que se sostiene sobre la premisa de que la economía es un juego de suma cero, por lo que para que alguien tenga éxito es necesario que otros fracasen y se queden en el arroyo. La izquierda aún no es capaz de comprender que la riqueza se crea constantemente gracias a la mente de los emprendedores, gente capaz de detectar nuevas necesidades en el prójimo y de poner en marcha los mecanismos para satisfacerlas mejor que como se viene haciendo (si es que se viene haciendo), y que por ello obtiene una merecida recompensa.
 
Por tanto, cuando un defensor de las ideas socialistas encuentra la llave del éxito profesional y se encumbra por encima de la masa, un mecanismo curioso comienza a activarse en su mente. De repente se ve a sí mismo en el lado de los que, según el argumento al uso, explotan a sus semejantes para apropiarse de una parte del pastel mayor de la que les corresponde. Y en lugar de darse de lleno con la realidad y admitir que sus ideas sobre las relaciones sociales no eran más que un albañal de prejuicios ideológicos que haría bien en desahuciar, muchas veces (o muchos de ellos, por mejor decir) no tiene más remedio que activar ciertos resortes psicológicos que le ayuden a superar el trauma de verse a sí mismo miembro preeminente de la "clase opresora".
 
Es cierto que muchos de ellos actúan con cinismo (en ocasiones casi violento, de tan grosero), como esos cantautores multimillonarios que cierran sus conciertos gritando: "¡Que se mueran los ricos", o los artistas que hacen en su vida privada exactamente lo mismo que critican en público, ejemplares ambos perfectamente conscientes de su doble moral. En el reducido universo de los millonarios progresistas hay, en efecto, mucha impostura. Mas en otros casos lo que se produce es una elemental reacción mental de autodefensa por parte del sujeto en cuestión, que trata así de hacerse perdonar el pecado del éxito, la fama y el dinero.
 
Desde la perspectiva de un creyente socialista (el socialismo es una cuestión metafísica que atañe a la fe y no al intelecto), es necesario demostrar a los más desfavorecidos de la secta que se es uno de ellos y que, a cambio de obtener el perdón por disfrutar de un tren de vida muy superior al resto, uno está dispuesto a emplear esa capacidad de influir en las mentalidades ajenas que le permite la fama para seguir luchando por los mismos ideales. Curiosamente, no harán nada efectivo por remediar casos concretos de miseria, como donar parte de sus bienes. En su lugar, utilizarán su prestigio y su fácil acceso a los medios de comunicación para que los demás acepten despojarse de su dinero. Con eso dan por saldada su deuda con la clase obrera.
 
Teddy Bautista.Esta autoflagelación emocional es todavía más absurda cuando la mayoría de los izquierdistas más desfavorecidos podrían interpretar el gesto como un rasgo de cínico elitismo. Porque ver a un multimillonario esforzándose en aparentar ser uno más de ellos y permitirse hablar en su nombre debería despertar cierto recelo entre las bases (¿qué pueden tener en común un rico director de cine subvencionado, Teddy Bautista y el peón albañil que está a punto de quedarse sin trabajo?). Sin embargo, no ocurre así. Al contrario, todo parece indicar que las plañideras vestidas de diseño y los metrosexuales más refinados tienen mucho éxito entre la concurrencia progresista cuando dedican unos cuantos minutos de su ajetreada vida a defender el socialismo, que si a alguien perjudica especialmente es a la gente más desfavorecida.
 
En lugar de convertirse en referentes para que los demás prosperen como prosperaron ellos, los santones progresistas forrados de dinero se ven a sí mismos como rarísimas excepciones en el "océano de injusticia" (por usar la jerga zapateril) que provoca el mercado. Por supuesto, defenderán con ahínco sus bienes ante la rapacidad estatal y harán todo lo posible por dejar a salvo su patrimonio de la redistribución igualitaria que tanto defienden. Sus asesores fiscales (todo icono progresista necesita un buen equipo de ellos) les proporcionarán un entramado de sociedades más o menos opacas y múltiples sistemas para evitar los impuestos que los obreros de jornal no tienen más remedio que pagar religiosamente. Pero esto tampoco supone ningún conflicto ético para ellos, acostumbrados a fingir con la mayor naturalidad las veinticuatro horas del día. Es más, en el colmo del insulto intelectual, afirman que en su caso está bien hacer todo lo posible para dejar de pagar al fisco, porque dedican su vida a luchar por los demás. Y lo peor de todo es que parecen creerlo sinceramente.
 
El impuesto de sucesiones, en trance de desaparecer en muchas comunidades autónomas, y no gracias a los socialistas, es una de las "herramientas redistributivas" que defienden con mayor interés los ricos de izquierdas. A su juicio, es necesario que el Estado se apropie de parte de los bienes que los particulares dejan a sus herederos y que se los entregue a los menos afortunados, para que así avance el ideal de igualdad. Sin embargo, jamás se ha tenido noticia de que un millonario, de izquierdas o de derechas, pague ese impuesto, cuyas víctimas son exclusivamente las clases medias, que no tienen los recursos suficientes para crear, a nombre de sus herederos, una red de sociedades a las que transferir su patrimonio, de manera que, al producirse el deceso, ni un solo céntimo vaya a parar a las arcas estatales.
 
Entre las diversas maneras de insultarse a uno mismo, quizás la más absurda sea la que consiste en obedecer a quienes hacen con su vida lo contrario de lo que predican simplemente porque son "de los nuestros"… o eso dicen. En el fondo, quienes así proceden albergan la esperanza de alcanzar algún día esa posición, para hacer precisamente lo mismo que estos referentes (in)morales de la izquierda. Al menos en lo que concierne al cinismo, progresistas pobres y ricos forman todos ellos una clase muy igualitaria.
 
 
Pinche aquí para leer el prólogo de CÓMO CONVERTIRSE EN UN ICONO PROGRE, de PABLO MOLINA.
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